Ayer en la consulta, una paciente me explicaba cómo, cuando ella fue diagnosticada de asma hace 50 años, le contraindicaron hacer ejercicio.
30 años después, cuando su hijo fue diagnosticado de asma le dijeron que la actividad física sí era recomendable.
Esto muestra por un lado que los protocolos, lógicamente, varían, se adaptan según las actualizaciones científicas…
Y también deja en evidencia que estos protocolos, igual que los diagnósticos, tienen muchas limitaciones.
Estamos acostumbrados como médicos a buscar un diagnóstico, a poner esa etiqueta, queremos acertar.
Realmente nuestra cabeza funciona intentando resolver un puzzle que son los síntomas y creemos que la solución es poner un nombre que englobe todo eso, y que sea lo correcto.
Y, a partir de ahí, tiramos de protocolo.
Y sí, desde mi punto de vista, puede ser una ayuda para comprender mejor los síntomas o la evolución que el paciente presenta o para orientar una posibilidad de tratamiento.
Pero algo que observo es que, en el momento en el que ponemos esa etiqueta, nos olvidamos de la parte única de cada paciente que es precisamente lo que le ha llevado a tener esos síntomas, o lo que determinará su evolución posterior. Porque detrás de cada “asmático” hay un cuerpo físico único e individual, que cada día está expuesto a cosas distintas.
Nos mostramos escépticos cuando algo no nos cuadra con lo que se supone que tendría que pasar porque intentamos encajar todo lo que ocurra dentro de esa etiqueta, o lo que sabemos sobre ella.
En la mayoría de protocolos lo primero que aparece como tratamiento es lo farmacológico, lo no farmacológico aparece en un segundo plano. Se investiga e invierte más en lo primero.
Me doy cuenta de la cantidad de pacientes que me han contado algo que para mí era nuevo o no me lo esperaba y lo he tratado como anecdótico o un caso raro.
Invito a ser conscientes de la rigidez que hay detrás de un diagnóstico, cómo tras la intención de acertar o hacerlo bien, transmitimos que hay que seguir a raja tabla ciertas instrucciones, o que los pacientes no pueden hacer nada para cambiarlo.
La mayor condena no es una etiqueta, sino olvidar la escucha propia del cuerpo, la confianza, la decisión de mejorar hábitos dañinos o poner atención a qué determina nuestra salud; así que animo a que pongamos en un primer plano lo que es posible todos los días que es la decisión de cambio.
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